Solo en el área

¿Es Aitor García un peón?

Foto: MARTA CONTÍN

Comentaba el otro día con Álvaro Gastón el daño que hace a los equipos perder a sus piezas principales. Jugadores que sobresalen no tanto por resultar efectivos de cara a portería, ni por tapar los huecos en la defensa, sino por saber dirigir el juego. “El resto somos peones”, me decía. No se refería a que sus funciones no sumaran también puntos que completaran el resultado; exponía que son ellos, esas fichas preponderantes, los que hacen decantar la balanza. Para bien, cuando exhiben sus fortalezas en la pista; y para mal, cuando un equipo ve minimizar sus opciones si renquean o, peor aún, cuando han de ver el partido desde la grada.

Rebatir esa argumentación sería de ignorantes. Acepto debatir con ustedes que haya conjuntos que dependan en mayor o menor medida de esas cabezas pensantes y que, por ende, sufran más o menos cuando han de competir sin su batuta. Incluso me atrevería a polemizar con nuestros aficionados si esos nombres propios representan también para ellos el eje que hace que el sistema avance. Porque no hay que olvidar una cosa: un cuerpo anda porque un cerebro se lo ordena y rige sus movimientos, pero anda asimismo porque hay unos pulmones que respaldan ese esfuerzo y, sobre todo, anda porque existe un corazón que bombea desde lo más hondo. Se lo pongo en otras palabras: ni en sueños osaría reducir el impacto que en un equipo aporta la pasión del que sale a la cancha convencido de que puede hacer el mejor partido de toda su carrera.

Dejemos ese tema para otra ocasión. Y pongamos nombres. En lo que llevamos de temporada, Juan del Arco y Ander Izquierdo son los que se han ganado los galones de los que estamos hablando, los que mueven los engranajes y hacen que la maquinaria carbure y se den las oportunidades a cada pieza de contribuir con su esfuerzo y habilidad características al devenir del grupo. Y cuando no están al 100% mental o físicamente, el sistema se ralentiza. Sigue hacia delante, sí, pero no con el mismo brío. ¿Significa eso que son las únicas dos piezas fundamentales? Ahí ya nos adentramos en el terreno del criterio de cada uno.

Si me tiran de la lengua, y obviando que todos y cada uno de los que visten la camiseta blanquiverde se han ganado sobradamente vestir la camiseta blanquiverde, no suscitaría oposición reseñar que Juan Bar crece en relevancia a cada partido que pasa. El disputado contra el Abanca Ademar León quizá sea uno de en los que más claramente se vea esta realidad: la victoria se logró en Pamplona gracias a sus intervenciones finales. Por supuesto, para llegar a ese punto, todos los demás jugadores tuvieron que aportar su granito de arena. Pero una vez que se está en esa posición, hay que parar un siete metros a falta de segundos para el pitido final.

No es el único que me encandila. Personalmente, me gusta la seguridad con la que Ibai Meoki se planta encima de la pista; me ilusiona el lanzamiento exterior de Arthur Pereira; y me complacen los aportes cada vez más frecuentes de Adrián Ortiz. Pero hay uno que me atrapa por completo. Se llama Antonio Bazán y ayer caminaba con muletas. Lo eché mucho de menos y lo echaré aún más durante este maratón de partidos. Porque quizá sea la pieza más ambivalente del tablero del Helvetia Anaitasuna; férreo y agresivo en la retaguardia y poderoso junto a la línea del área rival. No dispondrá de la velocidad de un extremo o de la soltura de movimientos con la que encaran las defensas algunos de sus compañeros más avezados, pero, a mi juicio, constituye otra de las piezas esenciales.

Y ahora llegamos al porqué de este artículo. Ayer Antonio Bazán no saltó al parqué del Pabellón Anaitasuna. Sin embargo, un chaval de 20 años se apropió de su rol en el centro de los envites ofensivos. Fue el máximo goleador del cuadro local y de todo el partido. Realizó sus funciones sin los alardes de las grandes figuras, sin la presencia destacada que suelen ostentar los nombres que acostumbran a habitar los titulares. No necesitaba lanzar alaridos de protagonismo para echarse el peso del equipo a su espalda. Nunca lo ha hecho. El suyo es más un trabajo de ganancias sosegadas, graduales. De progresar calladamente y jamás gritar por reclamar un sitio en la cancha. Paso a paso. Con movimientos de solamente una casilla cada vez. ¿Les suenan esos movimientos? Y cuando uno lleva tiempo bregando con calma y ahínco inagotable, llega el día en el que alcanza el otro extremo del tablero. Y aquí es cuando arribamos al Aitor García del título de este texto. Qué quieren que les diga: siempre he pensado que una de las cosas más bonitas de la vida es presenciar cómo un peón se convierte en dama.

Asier Gil es responsable de Comunicación y Marketing de la S.C.D.R. Anaitasuna.

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